La ansiedad como sintoma:

 

Durante mucho tiempo hemos aprendido a entender la ansiedad como algo negativo que hay que eliminar cuanto antes. En muchos casos se percibe como una enfermedad en sí misma o como un problema que hay que controlar o silenciar. Sin embargo, la ansiedad no siempre es una enfermedad. Muy a menudo es un síntoma, una señal del sistema nervioso que indica que algo en nuestra forma de vivir necesita atención.

 

La tensión muscular constante, el cansancio acumulado, la dificultad para descansar o la sensación de estar siempre en alerta pueden aparecer cuando el estrés se mantiene durante demasiado tiempo. La ansiedad forma parte de nuestro sistema de supervivencia: es una respuesta fisiológica que prepara al organismo para actuar ante situaciones que percibe como exigentes o amenazantes.

 

El problema no es la ansiedad en sí, sino cuando esa activación se mantiene de forma constante en el tiempo. El estrés sostenido, la autoexigencia, la falta de descanso, la desconexión emocional o una vida poco coherente con lo que sentimos pueden mantener al sistema nervioso en un estado de alerta prolongado. En ese contexto, la ansiedad deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un estado habitual.

 

Muchas personas viven esta experiencia sin comprender qué está ocurriendo, lo que aumenta el miedo y la sensación de pérdida de control. Hemos aprendido a desconectarnos de nuestras emociones y de nuestras necesidades internas, en un ritmo de vida que favorece la acción constante y deja poco espacio para la pausa y la reflexión. La ansiedad, en ocasiones, aparece precisamente cuando ese equilibrio se pierde.

 

Aprender a regular el sistema nervioso, revisar hábitos de vida, comprender el estrés y desarrollar una relación más consciente con el cuerpo puede ayudar a transformar la relación con la ansiedad. No como algo que hay que vencer, sino como una señal que puede orientar cambios necesarios.

 

Cuando la ansiedad se interpreta únicamente como un problema o como una enfermedad, suele aparecer el miedo. Y el miedo, muchas veces, intensifica la propia ansiedad. Comprenderla como una señal puede cambiar profundamente la relación que tenemos con ella. No se trata de ignorarla ni de minimizar el sufrimiento, sino de preguntarnos qué está ocurriendo en nuestra vida en este momento y qué necesita cambiar.

 

¿Qué me está generando tensión sostenida?
¿Qué necesito ajustar en mi forma de vivir?
¿Qué señales estoy pasando por alto?

 

Estas preguntas no eliminan la ansiedad de inmediato, pero pueden abrir un espacio de comprensión que reduce la lucha interna.

 

En las últimas décadas, los diagnósticos relacionados con la salud mental han aumentado de forma significativa en muchos países. Paralelamente, también lo ha hecho el consumo de psicofármacos, especialmente ansiolíticos y antidepresivos. Por ejemplo, en países como España el uso de benzodiacepinas y antidepresivos se ha incrementado de manera sostenida, situándose entre los más altos de Europa. Este fenómeno ha abierto un debate sobre cómo estamos entendiendo el malestar emocional en la sociedad actual.

 

Una referencia importante en este cambio es el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), el manual diagnóstico utilizado en psiquiatría. Desde su primera edición en 1952, que incluía poco más de un centenar de trastornos, hasta las versiones actuales con varios cientos de categorías diagnósticas, el número de condiciones descritas ha crecido de forma notable hasta casi triplicarse. Este crecimiento refleja avances en el conocimiento de la salud mental, pero también ha generado preguntas sobre hasta qué punto estamos convirtiendo experiencias humanas difíciles —como el miedo, el estrés o la tristeza— en diagnósticos clínicos.

 

El psiquiatra José Luis Marín plantea que, en muchos casos, la ansiedad puede entenderse como una respuesta comprensible del organismo ante situaciones vitales difíciles, más que como una enfermedad en sí misma. Desde esta perspectiva, el síntoma deja de ser únicamente un problema que hay que eliminar y puede convertirse en una información relevante sobre la vida de la persona.

 

Comprender la ansiedad como síntoma no significa negar el sufrimiento ni rechazar la ayuda profesional cuando es necesaria. Existen trastornos de ansiedad que requieren atención psicológica o médica, y ese acompañamiento puede ser fundamental.

 

En muchos casos, los síntomas de ansiedad pueden entenderse como la manifestación física de un malestar psíquico sostenido. En los servicios de urgencias, las crisis de ansiedad se han vuelto cada vez más frecuentes y, en la fase aguda, el abordaje médico puede ser necesario para estabilizar a la persona. Sin embargo, cuando la intervención se queda únicamente en aliviar el síntoma y no se exploran los factores que lo están generando, existe el riesgo de que la ansiedad se mantenga en el tiempo. Por eso, además del acompañamiento profesional cuando es necesario, resulta fundamental desarrollar herramientas de afrontamiento que ayuden a la persona a relacionarse de forma más segura con aquello que le genera activación. 

 

En este proceso, el acompañamiento desde el coaching de salud puede ayudar a identificar los factores que están manteniendo la activación del sistema nervioso y a desarrollar estrategias prácticas de regulación adaptadas a cada persona. Cuando la única estrategia es la evitación, el sistema nervioso puede volverse cada vez más sensible, aumentando el miedo y limitando progresivamente la vida cotidiana. Por ejemplo, una persona que ha vivido una crisis de ansiedad conduciendo puede empezar a evitar el coche para no volver a sentir ese malestar. A corto plazo la evitación alivia, pero a largo plazo el sistema nervioso aprende que conducir es peligroso, aumentando la sensibilidad y reduciendo la confianza.

 

También es cierto que muchas personas viven episodios de ansiedad relacionados con su estilo de vida, sus hábitos o su forma de relacionarse con el estrés. En esos casos, el cambio no empieza eliminando la ansiedad, sino entendiendo qué necesita cambiar en nuestra forma de vivir.

 

No siempre podemos elegir lo que sentimos, pero podemos aprender a comprenderlo.
Y comprender la ansiedad puede ser el primer paso para recuperar el equilibrio.

 

 

 

 

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